Existe la creencia de que las grasas son el enemigo a batir dentro de una alimentación saludable. Que son un componente negativo que aporta poco y engorda mucho. Pero lo cierto es que las grasas, es decir, los lípidos, desempeñan un papel fundamental en nuestra dieta, al igual que los carbohidratos, las proteínas, las vitaminas o los minerales. Vamos a empezar con una máxima muy importante: no existen alimentos buenos o malos, existen dietas equilibradas o desequilibradas.
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Tres funciones fundamentales de las grasas:
- Hay una verdad elemental: las grasas nos proporcionan energía. Es más, constituyen la reserva energética más importante de nuestro organismo. Nuestro cuerpo puede utilizar las grasas que ingerimos de manera inmediata, pero también pueden almacenarse hasta que son necesarias. Si llevamos a cabo una vida saludable y activa, la ingesta de grasas no tiene que suponer ningún problema, ya que las estaremos usando en forma de energía y no almacenaremos más de la cuenta.
- Por otro lado, desempeñan importantes funciones para el desarrollo del cuerpo. Y es que juegan un papel determinante en la asimilación de las vitaminas liposolubles (A, D, E y K), fundamentales para nuestra salud.
- Las grasas también ayudan a mantener la salud de la piel y del cuerpo en general, que acumula cierta cantidad de grasa para proteger a los órganos internos y así quedan aislados y protegidos frente a agresiones externas como caídas o cambios de temperatura.
¡Ojo! No todas las grasas son iguales…
Muy resumidamente, podemos decir que existen dos tipos: saturadas e insaturadas. Las primeras proceden de la grasa animal y están en alimentos como el queso, la mantequilla o la carne grasa, aunque también se encuentran en algunos aceites vegetales, como el de coco o el de palma. Un exceso de grasas saturadas puede conllevar la aparición de enfermedades cardiovasculares, así que hay que cuidar mucho su presencia en nuestros platos.
Por su parte, las grasas insaturadas se dividen entre monoinsaturadas (aceite de oliva y frutos secos) y poliinsaturadas (ácidos grasos omega 3). El consumo de estas grasas es fundamental, ya que previene patologías como la hipertensión e hipercolesterolemia, la diabetes e, incluso, algunos tipos de cáncer.
Las nutricionistas recomiendan que las grasas aporten un máximo del 30% de las necesidades energéticas diarias y que al menos la mitad de esas grasas procedan de ácidos grasos monoinsaturados, como el aceite de oliva.
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